Rocio Moreno
En el centro de México, en uno de sus puntos más elevados, está enclavada la comunidad Ñuhju (otomí) de San Pedro Atlapulco. No hay forma de hablar de Atlapulco sin mencionar que es un pueblo con bosque, agua-manantiales, montañas, aire, lluvia, hongos y mucho más. Este mes, el episodio de Voces de la tierra, la historia la contamos los pueblos es narrado por dos compañeros Ñuhju: Juan Dionisio y Artemio Callejo, ambos comuneros, con cargo tradicional y un espíritu fuerte formado con su historia e identidad.
Antes de comenzar la narración de su historia, es necesario entender que históricamente la comunidad de Atlapulco ha estado rodeada y conectada con los grandes centros urbanos de la época. Por eso es que este pueblo sabe sobrellevar la vida comunitaria aún en escenarios tan complejos. En otras palabras, Atlapulco no es la típica comunidad indígena aislada geográficamente, es todo lo contrario. Está a tan sólo una hora de la ciudad de México, y lo más impresionante es que en su territorio comunal hace la asamblea, sostiene un gobierno autónomo, hace la fiesta tradicional y el trabajo comunitario.
Una comunidad milenaria
Mas allá de las fechas que puedan dar los arqueólogos, lingüistas e historiadores, los Ñuhju nos recuerdan que hay muchísimas historias nuestras sin fechas exactas, pero que están firmes en la memoria colectiva del pueblo. Juan y Artemio narran cómo la gente antigua, la del más antes, vivía en cuevas, en las partes más altas de las montaña. Eran cazadores-recolectores y los Ñuhju recuerdan desde ese origen. Con el transcurso del tiempo comenzaron a bajar de las cuevas y de la parte alta de las montañas y ahí fue donde se asentaron (en el año 800 d.C. aproximadamente, pero se sabe que la vida comenzó mucho tiempo atrás), en donde se localizan actualmente.
En su territorio se han encontrado piezas arqueológicas, vestigios teotihuacanos, toltecas y mexicas. En algunos lugares del territorio de Atlapulco han encontrado ofrendas con piezas de barro de la figura de Tláloc, una deidad que cobra sentido en esas tierras, ya que la relación que tiene con sus montes y aguas está marcado en toda su historia (pasada y actual). Otro dato que está resguardado por los habitantes de esta comunidad es que su pueblo aparece registrado en el códice de Techialoyan como altépetl (alt ‘agua’ y tepetl ‘montaña’), que además de ratificar que es un pueblo de agua y montañas, también da muestra del periodo de dominio que vivieron bajo los mexicas. Una parte de la historia de Atlapulco se puede conocer a través de su lengua, ahí también la comunidad ha aprendido su historia.
N’donhuani (El gran cerro – La gran loma)
Juan Dionicio explica cómo su origen como Ñuhju está en su lengua. N’donhuani (‘El gran cerro’, ‘La gran loma’) es el nombre antiguo de su pueblo. Después, con los mexicas el nombre cambia a una palabra náhuatl: Atlapulco (‘donde abunda el agua’), y finalmente con el arribo de los españoles y la cristianización, el nombre cambió a San Pedro y San Pablo Atlapulco.
Movilizaciones en el periodo colonial
Después de la guerra de conquista, vino el verdadero trabajo de la colonización, que consistió en ordenar y someter los pueblos y sus territorios. San Pedro Atlapulco fue una república de indios. Los pueblos que tenían esta categoría son los que más lograron permanecer como colectividad, pues se les reconocía cierta autonomía y esto permitía que sus estructuras propias siguieran existiendo. También en este periodo se logran obtener mercedes reales de los manantiales y en 1559, con el virrey Luis de Velasco, se concede el señorío a Ocoyoacac y títulos primordiales a Atlapulco. En su título se tienen códices antiguos, y actualmente la comunidad lo tiene resguardo, ya que con ese documento se ha sustentado la defensa territorial en los últimos quinientos años. Todo el periodo colonial está marcado con alegatos legales y denuncias por parte de los Ñuhju contra los invasores españoles, por ejemplo, con la carbonera que abastecía la Casa de la Moneda en la Ciudad de México, así como con varias haciendas por el uso desmedido de sus aguas.

Atlapulco en continuo movimiento
En todas las comunidades de México se resguardan historias sobre los momentos de cambios profundos, tales como la conquista, la colonia, el movimiento de independencia, la reforma, porfiriato, la revolución mexicana, la titulación de bienes comunales, etcétera. Esto sólo confirma que nuestros pueblos nunca han sido aislados e ignorantes, sino todo lo opuesto. Nuestros pueblos conformaron los movimientos nacionales, ya que había muchas razones por las que luchar, como en la actualidad.
Es por eso que Atlapulco recuerda estas fechas de la historia nacional y la participación que tuvieron en ellas. Por ejemplo, en el movimiento de independencia, el 30 de octubre de 1810, algunos Ñuhju simpatizantes se sumaron al ejército de Miguel Hidalgo y combatieron con él en la batalla del Monte de las Cruces, de la que salió victorioso. En la revolución de 1910 se sabe de la presencia de los zapatistas, incluso se tenía cuartel en Ocoyoacac, por lo que varios pueblos de la región, incluyendo Atlapulco, se convirtieron en poblados zapatistas. Juan y Artemio comentan que Atlapulco siempre ha sido una comunidad en movimiento.
Como vemos, Atlapulco no ha parado de luchar por conservarse como pueblo, con su territorio y autonomía. Después de la revolución mexicana, Atlapulco recibió la titulación de sus tierras con la resolución presidencial de 1946, y ese triunfo fue gracias a la histórica lucha del pueblo Ñuhju. En Atlapulco se sabe que la tierra se defiende con la vida y que la lucha continúa para conservar y practicar la vida comunal.

Territorio milenario
Para describir el territorio de Atlapulco necesariamente debemos partir del aire, como cuando uno siente que toca el cielo. Este pueblo es aire-viento, montañas, bosque y agua, mucha agua. Su territorio es comunal, cuenta con 7 mil 110 hectáreas de terrenos comunales. Se localiza a 3 mil 800 metros sobre el nivel del mar, por eso sus tierras son aire-viento también. Desde sus alturas se puede apreciar el Valle del Anáhuac y el Valle de Toluca. El 80 por ciento de su territorio es bosque. Atlapulco forma parte de una cordillera montañosa que la conforman pueblos otomís de la región y hasta Morelos con los pueblos nahuas. A este corredor biológico se le ha llamado Bosque de Agua, porque verdaderamente es eso. El bosque nace del agua y viceversa, si se pierde uno, se pierde el otro. Los Ñuhju son los guardianes de este bosque de agua, cuidan y defienden sus manantiales y árboles. La comunidad tiene aproximadamente 22 manantiales y varias zonas pantanosas donde brota el agua. El bosque y sus manantiales se deben pensar siempre en su vital simbiosis.
Los Ñuhju han aprendido a luchar por mantener su territorio, no sólo físicamente, sino también a sostener la vida y garantizar las relaciones que se despliegan entre los diversos seres vivos que habitan esas tierras. “El territorio es nuestra vida, está en los cultivos del maíz, en las barrancas, en el bosque, en los manantiales, en las parcelas, en los hongos que nos han alimentado por siglos”, mencionan sus comuneros.

Bosque y manantiales sagrados
No es para sorprendernos que la espiritualidad del pueblo Ñuhju esté justamente en su bosque y manantiales. Los compañeros mencionan que en el bosque vive el aire. El viento-aire es mágico; aunque uno no sea Ñuhju, uno sabe que el viento tiene fuerzas inexplicables, que se sienten a profundidad. En los manantiales también hay viento, y eso hace que el agua siempre fluya, se mueva. Así los seres de vida se ven y sienten como los sitios sagrados de un pueblo.
El abuelo bosque
Artemio recuerda que cuando su hermano y él entraban al bosque para recoger leña siempre pedían permiso al bosque, le ponían un cigarro, los encendían y veían cómo el abuelo bosque tenía ganas de fumar. Algunas veces le ponían una cuba, y así los dejaba entrar. Otra de las prácticas o ritos que se conservan es una ceremonia para pedir agua, un buen temporal de lluvia que les garantice una buena cosecha. Se va a donde nace el agua (en los manantiales) y se le lleva flores, fruta, cigarro, cera y una bebida, y con todos esos cumplidos (regalos) se le habla al agua y se le pide su ayuda. Artemio ha visto cómo mucha gente ha hablado con los abuelos y ahí llora con ellos, porque la conexión y respeto que hay hacia estos seres vivos es simplemente una vivencia única que algunos pueden gozarla y entenderla.
También mencionan que en las barrancas hay un aire enrarecido y que algunas gentes se sienten mareadas, enfermas, que por eso es tan importante entrar con respeto a esos sitios sagrados. Incluso en sus parcelas, donde nace el maíz, también se debe de pedir permiso al bosque y los manantiales. En Atlapulco se conserva maíz criollo azul, y es su cultivo más apreciado. Por eso cada 29 de junio se hace una fiesta al maíz en el día de San Pedro, una fecha vinculada al ciclo agrícola, pero también está la celebración del Día de Muertos y el 21 de diciembre, que se vincula a sus cultivos. En esas fechas la gente recorre su territorio y hace esa conexión con él. Juan y Artemio cuentan que uno puede sentir la neblina, las nubes, el viento y el bosque mismo al caminar el territorio.
Atlapulco debe conservar y luchar por su bosque y manantiales, pues en ellos está la reproducción de la vida como Ñuhju y la espiritualidad como pueblo originario.
¿Cómo viene la nube? Graniceros: los que leen el cielo y el tiempo
Los graniceros son personas a las que les ha pegado el rayo de la lluvia y saben medir el tiempo, por eso en otras comunidades se les conoce como tiemperos. En palabras de Juan, estos hombres saben hablar con la nube, aunque también la pueden soñar y entonces avisan a la gente que puede caer una tempestad en los próximos días. Así están atentos para que no llegue el granizo y arruine los cultivos, la milpa principalmente. Los graniceros también saben curar. En Atlapulco hay algunos que han recibido el rayo, y algunos han muerto.
Aunque sólo unos pocos son graniceros, toda la población realiza prácticas para evitar que el granizo vaya a caer en su milpa. La costumbre es que cuando se observa una nube cargada y sospechosa de traer granizo, con un sombrero se espanta a la nube, tal y como lo hacen los graniceros. Algunas mujeres, si no tenían sombrero, usaban un ramo con hojas de laurel y palma y la guardaban para cuando veían que venía una tormenta, tomaban su ramo y lo quemaban, y esto lo hacían la mayoría de las mujeres, por lo que lograban formar una nube de aire caliente y eso provocaba que se aminorara la tormenta.

Cuando escuchaba estas historias, me recordaba cómo hemos perdido la capacidad de saber leer el cielo, las nubes, la lluvia. La mayoría de las personas no saben siquiera contemplar el cielo, mucho menos comprenderlo y dialogar con él como lo hacen los graniceros y los Ñuhju.
La lucha sigue. Atlapulco, un pueblo en resistencia
El año 1946 es una fecha histórica para Atlapulco porque se le dio la titulación de sus tierras comunales y, desde su visión, esa fecha marca el horizonte de lucha en la actualidad. En los años de 1962-1965 se comenzaron a vender tierras comunales a gente externa de la comunidad. Ese momento es recordado por tener dos posturas al interior de su pueblo. Por un lado, los pobladores que querían vender las tierras y, por el otro, los que se opusieron. Así, en la década de los 60 hubo ventas de tierras. Hasta cierto punto ganó la visión de los que buscaron la venta, sin embargo, lo que hizo despertar a este pueblo históricamente en resistencia fue que algunos de los compradores comenzaron a cerrar el camino al monte, al bosque sagrado, y eso hizo que la gente se molestara y comenzara a luchar por el uso colectivo de los caminos y el territorio. La comunidad inició juicios por restitución de tierras y ganaron. Incluso en esos terrenos recuperados, las cabañas que hicieron los invasores ahora son usadas para rentar a los visitantes.
Esa lucha que se prolongó por varias décadas fue también una lucha por confirmar su identidad como Ñuhju y fortalecer la conexión con la tierra. Después de esto, se logró marcar que no se debe de vender la tierra comunal. Pero eso no quiso decir que estuvieran exentos de problemas agrarios, pues otro momento crítico fue en 1992, con las reformas a la Ley agraria y la Ley de agua, donde ahora se luchaba contra la extracción desmedida del agua de sus manantiales. A todo esto, hay que sumar que las políticas economicistas y sociales del país han golpeado las estructuras y pensamientos comunales. Por eso, una de las grandes amenazas actuales es la pérdida del pensamiento-sentimiento-prácticas milenarias de la comunidad.
En momentos de riesgo, la comunidad de Atlapulco utiliza las campanas de la iglesia para convocar a sus habitantes. Video: Ammi García
Juan Dionisio menciona que él identifica en su pueblo un pensamiento de derecha, asociado a lo privado, individual. Por eso hay un riesgo enorme para la vida comunal. El pensamiento de derecha avanza y está sobre la tierra, el bosque y el agua. Lo que ocurre en Atlapulco está sucediendo en muchos pueblos originarios. El individualismo va tomando poder, incluso en las estructuras milenarias de la comunalidad que ha permitido a nuestros pueblos sobrevivir.
Aun con esta agresiva guerra en contra de la vida comunal, todavía los hombres y mujeres de la tierra siguen luchando para defender los territorios vivos y sagrados y la vida comunitaria. Artemio no duda: “Atlapulco resiste y traemos la cultura de la resistencia”.
Resistir desde la cultura
En 2022 se logró un decreto por la danza tradicional de arrieros. Con mucho orgullo y entusiasmo Artemio comparte que el congreso del Estado de México emitió un decreto que reconoce que la danza de los arrieros nació en la comunidad Ñuhju de Atlapulco, pues retrata la vida del arriero y carbonero que caracterizó por cientos de años a sus pobladores. Esta danza se practica en otras comunidades de la región, pero Atlapulco logró demostrar con documentación histórica que ahí fue donde se inició esta tradición.

Un pueblo, que genera su economía
No existen muchos proyectos en México con los que los pueblos puedan resolver la generación de empleos para sus habitantes, pero Atlapulco ha logrado construir un proyecto turístico controlado por los bienes comunales y sus pobladores. Aunque existen grandes retos, como el tema de la basura, explotación de zonas naturales y el uso y manejo del agua, no podemos dejar de hablar sobre las enormes ventajas que han obtenido al generar su propia economía. Los pobladores de esta comunidad no tienen que migrar para conseguir trabajo, pero conforme pasa el tiempo los retos siguen creciendo. Los visitantes que llegan a sus valles son principalmente de la Ciudad de México, y los Ñuhju han visto cómo el número de visitantes sigue creciendo y esto comienza a golpear las bases comunales, por ejemplo, con la posesión de la tierra. No hay ningún visitante que no pregunte sobre la venta de tierras. Por eso es que ahora han visto que deben trabajar en otras áreas y no dejar que sólo el turismo genere su economía.
Otro de los grandes problemas que enfrenta esta comunidad es la explotación a su bosque con la tala clandestina; la extracción y explotación de hongos por comunidades vecinas; la caza de pájaros, aves de la comunidad que venden en distintos mercados; y el robo y explotación de pencas de maguey que utilizan los productores de barbacoa para preparar este alimento. Además, hay que sumar la explotación de sus manantiales para brindar agua a la Ciudad de México.
Esta comunidad se enfrenta contra gobiernos, poblados, talamontes, individuos-comerciantes, que roban, extraen y explotan su territorio. La lucha actual de Atlapulco es muy compleja y difícil.
De aguas de manantial a la contaminación de ríos, lagunas y arroyos
Las aguas de Atlapulco nutren la cuenca del río Lerma. Esta cuenca es una de las más contaminadas de México y el mundo. Desde que la Ciudad de México comenzó a extraer el agua, algunos de los lagos y ríos de la región empezaron a desecarse, además de que llegaron muchas industrias que contaminan el río. El avance desmedido de nuevos centros urbanos y la falta de políticas de saneamiento han hecho que, desde las primeras poblaciones cercanas, el agua de manantial se contamine rápidamente.

Golpe a la autonomía de Atlapulco: tala clandestina
A mediados de junio de 2026, la comunidad de Atlapulco vivió un golpe a su autonomía, ya que la tala clandestina que promueven principalmente las inmobiliarias cercanas a la Marquesa (pero no sólo) se hizo presente. Ese día los pobladores retuvieron tres camionetas de los talamontes en la carretera México-Toluca, en la colindancia con Cuajimalpa. Este hecho sólo evidenció una parte de cómo la tala clandestina está presente en la región y en la comunidad de Atlapulco. Para Juan y Artemio, este suceso fue un fuerte golpe a la autonomía de San Pedro Atlapulco.
Como podemos ver, las problemáticas actuales de San pedro Atlapulco son con distintos agentes: gobiernos, inmobiliarias, taladores, poblaciones e individuos que extraen los recursos naturales de su territorio y una fuerte demanda por la compra de sus tierras. Todas estas amenazas van sobre el bosque y manantiales sagrados que son el origen de la vida del pueblo Ñuhju.
Atlapulco sólo se explica, comprende y siente con sus sitios sagrados. Si desaparecen, los Ñuhju dejan de existir también. En esta lucha, hay algo que los foráneos podemos hacer, porque esas aguas, viento y bosque son cercanos a nosotros. De muchas formas esta lucha por conservar la vida y la cultura Ñuhju es también responsabilidad de todos los que sabemos la importancia de conservar y luchar para que los seres vivos como el agua y el bosque sigan existiendo y generando vida a nuestras vidas. Su lucha es nuestra lucha también. El pueblo Ñuhju nos enseña y recuerda que la conexión con la tierra es fundamental para la sobrevivencia como especie.